La cultura obrera argentina como base de la transformacion social (1890-1940).

RESUMEN: La cultura obrera entre fines del siglo XIX y la mitad del siglo XX constituyó un elemento sustancial de la lucha de clases. Impulsada por anarquistas y socialistas contribuyó a desarrollar la conciencia de los trabajadores, no solo en lo pedagógico sino en la determinación de su propia liberación y del conjunto de los explotados. Sobre las razones de la desaparición de esa cultura popular se han ensayado varias tesis que se expondrán, pero lo cierto es que los partidos revolucionarios y los reformistas abandonaron esa práctica social. En los años sesenta menospreciaron y consideraron anacrónico las redes de universidades obreras, escuelas, sociedades filarmónicas, coros, conjuntos artísticos. El cielo estaba por ser tomado por asalto. Pero ese asalto no se produjo. En cambio, la derrota político-ideológica ha producido consecuencias nefastas. Conocer esa historia, o parte de ella, nos ayudará a refundar el socialismo en la Argentina.

por Emilio J. Corbière (Periodista, escritor, Director de la Fundación Juan B. Justo)

“No es cierto que el socialismo surgirá automáticamente de la lucha diaria de la clase obrera. El socialismo será consecuencia de las crecientes contradicciones de la economía capitalista y la comprensión por parte de la clase obrera de la inevitabilidad de la supresión de dichas contradicciones a través de la transformación social”.
Rosa Luxemburgo (“Reforma y Revolución”)


 Al perfilarse el siglo XXI resulta de importancia interrogarnos sobre
porqué el pensamiento socialista y revolucionario argentino se encuentra en crisis y en una búsqueda política e ideológica que le permita ganar a las grandes masas populares para la transformación de la sociedad.
No solo perdimos batallas políticas y militares en el último cuarto de siglo.
También se encuentra en una encrucijada la cultura socialista. Utilizo el término para
englobar a todo el pensamiento revolucionario, no reformista ni socialdemócrata.
El auge del pensamiento reaccionario, la posmodernidad como ideología del
pensamiento
único, el desafío oscurantista y el auge de corrientes irracionalistas que acompañan a la
globalización capitalista no solo se debe a la fuerza de los enemigos de la clase trabajadora y del pensamiento realmente progresista, sino a falencias notorias de las propias organizaciones y partidos que han heredado las tradiciones socialistas, comunistas y en general, de la izquierda revolucionaria. Estas fuerzas parecen ser incapaces para generar un nuevo proyecto, una nueva fuerza política.
Hay, ante todo, un agotamiento de las organizaciones existentes y urge contribuir
a la formación de un nuevo partido revolucionario: la refundación socialista que mire hacia el siglo XXI y no al siglo XIX. Del legado leninista lo que está vigente es la construcción del partido revolucionario, no un movimiento o frente. Para ello, como decía Lenin en el Qué hacer, deberemos unir “la imaginación con la vida”. Esto no está en la cartilla del dogmatismo pero es revolucionario.
¿Porqué la cultura obrera, en todos sus matices, se quebró en nuestro país? ¿Triunfó el ideal o la ideología de la burguesía? Se han ensayado diversas interpretaciones. Para algunos, la crisis de la cultura obrera se produjo por el hecho social del peronismo. Otros explican el fenómeno por el desarrollo, a nivel mundial, del keynesianismo, es decir por las reformas internas del propio capitalismo tras la crisis mundial de 1929, que habría destruido la conciencia en sí de los trabajadores. Hay quienes, también, piensan que el fenómeno estalinista, desarrollado a nivel mundial por la Unión Soviética, cristalizó o paralizó el entramado revolucionario de las fuerzas obreras y del trabajo. También hay quienes consideran que el distribucionismo de las reformas parciales que no afectaron el poder político capitalista, habrían también contribuido a deteriorar y detener la conciencia revolucionaria.
No sería científico buscar solo en elementos externos a la propia izquierda la crisis
de la cultura obrera en la Argentina. Hay motivos propios de sobra en materia de
sectarismo, aventurerismo, reformismos y voluntarismos varios y no pocas capitulaciones que abonaron el camino de la crisis. Pero el método marxista también exige estudiar todos los elementos de la estructura económico-social y política que sirvieron de marco, algunos de los cuales ya apunté. El debate está abierto. En este trabajo solo señalaré algunos hitos históricos de aquella tradición perdida, que con sus logros y límites, cubrió una época que se remonta a fines del siglo XIX y cuyos lejanos ecos todavía resuenan a fines del XX.
LA EDUCACION Y LA CULTURA POPULAR
Con el auge de la escuela pública y su organización a través de la Ley 1420, una porción de la población pudo acceder a la educación primaria. Sin embargo, los grandes sectores populares -criollos y extranjeros- quedaron marginados de ese proceso o lo vieron acotado. La dura lucha por la vida de los asalariados en los centros urbanos, y muchos más en el interior del país, impidió a los sectores de menores recursos insertarse en el proyecto cultural del patriciado oligárquico
Por eso, hacia fines de siglo, otras formas de educación popular –paralelas a las oficiales- adquirieron especial relevancia en la integración del país: las escuelas y los cursos de los sindicatos obreros y sociedades de resistencia, los centros socialistas y anarquistas, los recreos infantiles, las sociedades y fraternidades, los periódicos y revistas político-ideológicas. Por la doble acción de la escuela pública y de la cultura popular de las clases subalternas, generadas desde la base de la sociedad y alentadas por nuevas concepciones liberadoras, la aluvión inmigratorio se fue integrando al país y el pueblo trabajador adquirió conciencia de sus derechos cívicos y sociales.
Sin embargo, los límites del proyecto cultural de los hombres del 80, se fueron patentizando con el transcurso del tiempo. Ello también alcanzó a lo pedagógico-educativo. Era el resultado de las contradicciones sociales que el proyecto de “popularización” de la educación sufrió al confrontarse con la realidad.
Los hombres de esa generación, literatos como Miguel Cané y Wilde; sociólogos como José María y Francisco Ramos Mejía, Ernesto Quesada y Carlos Octavio Bunge, escritores como Santiago de Estrada y Bartolomé Mitre y Vedia; narradores como Lucio V. Mansilla; políticos como Avellaneda; críticos como Paul Groussac, pertenecían casi todos, por su nacimiento y por sus ideales sociales, a los sectores de la oligarquía y de la burguesía vinculada a ella.
Todos ellos, habían llevado el cultivo de las letras e impulsado el desarrollo de las llamas “ciencias morales”, de las ciencias del hombre, a los más elevados niveles alcanzados en el país, pero sus gestos, sus tendencias y sus ideas no tenían nada de popular.
El desarrollo cultural a fines del siglo XIX y comienzos del XX estaba impregnado del humanismo liberal de la época, pero poseía características propias de nuestro distorsionado desarrollo nacional.
La mayoría de esos hombres eran liberales y laicistas, aun profesando la religión católica, pero muy pocos habían logrado sobrepasar a Sarmiento, cuyo pensamiento los había precedido, y quien, en gran medida, con su fuerza moral e intelectual, y a pesar de sus limitaciones, había abierto el camino de la laicización de la sociedad argentina.
A veces pensaban como librepensadores, pero actuaban casi todos como verdaderos conservadores de ideas antidemocráticas en la política nacional.
No todos ellos, sin embargo, pueden ser calificados de la misma manera. El gran pedagogo Jacques se había acercado a las corrientes democráticas del París revolucionario de 1848, como lo hizo Carlos Guido Spano, en 1871, peleando en las barricadas parisinas. Jacques editó en Buenos Aires, junto a Alejo Peyret, Francisco Bilbao, y Victory y Suárez un periódico socializante denominado El Artesano. Tampoco puede contarse entre esos hombres a José S. Alvarez (Fray Mocho), cuyos cuentos y relatos estaban impregnados de una intensa simpatía por el pueblo oprimido. Ni el Agustín Alvarez de los últimos años, que avizoraba el porvenir de una sociedad igualitaria. Pero eran las excepciones.
Los hombres del 80 reflejaban en la superestructura científica, artística y política los sentimientos y las ideas de la oligarquía liberal muy distintos, sin embargo, de los que poseerá y alentará la clase dirigente pocos años después, cuando renieguen del liberalismo filosófico. Eran contradictorios y representaban el grado de desarrollo de los grupos dominantes, que no constituían de ninguna manera un bloque, sino una unión de sectores diferenciados.
El laicismo forma parte integrante de la tradición democrática argentina pero sus herederos no fueron los que lo generaron, sino los que a través de las clases medias y los trabajadores, lo desarrollarán en un escenario más vasto en el siglo XX.
LOS ANARQUISTAS
Desde mediados del siglo pasado, caras extrañas llegaban a las pampas, uniéndose al contingente de criollos y españoles. En 1854 los inmigrantes extranjeros se distribuían de la siguiente forma: británicos 22.800 (norteamericanos 4000 incluidos); franceses 25.000; italianos 15.000 (incluyendo austríacos y alemanes) y españoles 20.000 (incluyendo vascos, canarios y otros). Hacia 1869 los judíos empiezan a desarrollar su comunidad. De ese año data la primera sinagoga. Las sociedades extranjeras cumplirían un importante papel en la difusión de la cultura popular, y a su amparo nacieron numerosos círculos, centros y escuelas.
En este sentido cumplieron un notable papel algunas organizaciones obreras inmigrantes: el Vorwarts, que nació en 1886, bajo la dirección de A. Uhle; el grupo francés Les Egaux, dirigido por Aquiles Gambier y el de los italianos, llamado Fascio dei laboratorio. Todos esos grupos, paralelamente a la acción política, cumplieron una notable actividad cultural. Los tres publicaron periódicos esmeradamente escritos en sus idiomas nativos: el de los alemanes tomó el nombre de la organización; el de los franceses se llamó L’Avenir Social y el de los italianos La Rivendicazione.
En el campo político, el grupo alemán pasó rápidamente a auspiciar un periódico socialista en castellano: El Obrero. Si bien éste periódico apareció como órgano de la Federación Obrera –tras celebrarse por primera vez en la Argentina, el 1º de Mayo, en 1890- es indudable que el grupo alemán, en esos años dirigido por un núcleo de socialdemócratas emigrados, tuvo un papel fundamental. Entre ellos se destacaron Germán Ave Lallemant, José Winiger, Gustavo Nocke, Guillermo Schulze, Marcelo Jackel, Guillermo Müller y Augusto Kühn. La prédica de El Obrero rindió sus frutos y pocos años después, núcleos socialistas locales publicarían sus órganos de prensa El Socialista (1893) y La Vanguardia (1894).
En la última década del siglo, las publicaciones anarquistas, socialistas y de otras tendencias afines especialmente en el campo sindical- eran más de un centenar y se editaban casi todas en castellano, abarcando distintas zonas del país.
En estas publicaciones millares de trabajadores criollos y extranjeros aprendieron a conocer el mundo, las grandes doctrinas sociales y las distintas corrientes filosóficas, literarias y políticas.
Con la llegada de Enrique Malatesta a Buenos Aires, los dispersos anarquistas se polarizaron a su alrededor creciendo rápidamente. El 18 de mayo de 1890 nacía El Perseguido, principal publicación del anarquismo individualista durante muchos años. El título reflejaba las persecuciones policiales que sufrían los elementos libertarios. Periódico de combate y de agitación, El Perseguido, a pesar de ser poco afecto a la cohesión y organización de las fuerzas libertarias –según dice Abad de Santillán-, su obra de siembra y esfuerzos dio sus frutos. Al editarse el Nº 26 se imprimieron 1700 ejemplares y a partir del Nº 60, 4000.
Posteriormente, los ácratas individualistas serían superados por los partidarios de Bakunin, llamados anarquistas “organizadores o colectivistas”. Su órgano de prensa sería el legendario periódico La Protesta Humana. Apareció el 13 de junio de 1897, dirigido por el obrero ebanista catalán Inglán Lafarga, y en sus páginas colaborarían plumas talentosas como las de Mariano Cortés, Eduardo G. Gilimón, Pedro Gori, Antonio Pellicer Paraire, Juan Creaghe, Alberto Ghiraldo, Florencio Sánchez, José de Maturana, Diego Abad de Santillán y Rodolfo González Pacheco.
La Protesta Humana, poco después La Protesta, editó a partir de 1908 un suplemento especial con material literario y político-ideológico elegido. El alto nivel intelectual del suplemento lo destaca especialmente en esta valoración de los distintos órganos culturales de difusión popular.
LOS GRUPOS SOCIALISTAS
 Pero serían los socialistas quienes iban a protagonizar desde los últimos años del siglo XIX el más importante proyecto de cultura popular en el país. Por eso resulta de interés apreciar su desarrollo en los años finiseculares para comprender las características de su aporte a la política y la educación nacional.
El Comité Internacional Obrero, organizador del acto del 1º de Mayo de 1890,se transformó en Federación Obrera en enero de 1891. Al realizarse el primer Congreso de la Federación el 14 de agosto del mismo año, las tendencias socialistas y anarquistas de la sociedad de panaderos se retiraron del congreso.
A pesar de que los socialistas marxistas mantuvieron los dos primeros años el control de la Federación y de la dirección de El Obrero, la actividad de los anarco‑individualistas, contrarios a toda organización y política de las clases trabajadoras, minó poco a poco la entidad. Los anarquistas sabotearon las reuniones y sus organizaciones dejaron de cotizar desconociendo la dirección de la Federación. Otro intento de agrupamiento de los trabajadores, ensayado por los años 1894 y 1895, también fracasó. Las luchas de tendencias fueron un escollo insalvable para la incipiente organización de los obreros como movimiento independiente de clase.
Esta situación hizo que los socialistas comenzaran a trabajar como fracción política autónoma. El 14 de diciembre de 1892, en el Café de la Cruz Blanca, calle Cuyo (hoy Sarmiento) entre Montevideo y Rodríguez Peña, fundaron la Agrupación Socialista, que llevó el nombre de “Partido Obrero, sección Buenos Aires.”
El grupo comenzó a editar El Socialista ‑que llegó a seis números- y sus afiliados aumentaron a cincuenta. Al año siguiente recibieron las adhesiones de personalidades como Juan B. Justo, José Prat, Domingo y Santiago Risso, y Adrián Patroni.
El 14 de julio de 1894 la Agrupaci6n inauguró su primer local en la calle Chile 959, resolviéndose cambiar el nombre por el de Centro Socialista Obrero. Ese año ingresaron Roberto J. Payró, Ernesto de la Cárcova, Eduardo Schiaffino, Gabriel Abad, Salvador Lotito, Ricardo y Francisco Cardala, José A. Lebrón y Emilio Roqué.
En agosto de 1894 el Centro se dio una Carta Orgánica en cuyos “Principios” estableció “difundirla verdad económica y social” por medio de la labor propagandística y favorecer por todos los medios la organización gremial de la clase trabajadora. Tres años después ‑el 29 de agosto de 1897- ­fundado el Partido Socialista, el Centro se trasladó a la calle México 2070 casa construida especialmente por el socialista alemán Cristián Haupt. Durante la inauguración hablaron Juan B. Justo, Carlos Malagarriga, José Ingenieros, Alejandro Mantecón y Leopoldo Lugones. Actualmente esa casa existe y es sede de la Unión Obrera Molinera.
Poco a poco se fueron constituyendo otros grupos socialistas y marxistas alentados por la prédica constante de la prensa socialista. En 1893, Juan B. Justo junto a Esteban Jiménez, Kuhn, Salomó y Juan Fernández fundaron La Vanguardia, cuyo primer número apareció el 7 de abril de 1894. Dos años después, Julián Nicolás comenzó a editar en Rosario El Porvenir Social.
Los centros socialistas se extendieron por los barrios porteños y el interior del país. En 1894son fundados el Centro Socialista Universitario y el de Bahía Blanca; en la popular barriada de Barracas nace el precursor Centro Socialista Revolucionario de Barracas al Norte (lo de junio de 1895) y en el mismo año se organizan los centros socialistas de Balvanera, Quilmes, Tucumán, Tolosa, el Centro Socialista “Carlos Marx” de los Corrales, el Centro Socialista Obrero Internacional de Córdoba y el Club Alemán “Vorwarts” de Rosario.
Al año siguiente se establecieron los centros socialistas de la Parroquia del Pilar, San Antonio de Areco, San Bernardo, Junín, San Fernando y Tigre, el Centro Unión Gremial 0brera Socialista de Paraná y el Centro Socialista de Estudios. Sobre este último corresponde hablar ahora.
EL CENTRO SOCIALISTA DE ESTUDIOS
El grupo de intelectuales afiliado al Partido Socialista ‑Ingenieros, Payró, Lugones, Malagarriga, de la Cárcova, Schiaffino‑ cumpliría un papel fundamental en la organización de los primeros centros culturales obreros.
El 18 de mayo de 1896, un grupo de socialistas se reunió en la casa de Roberto J. Payró ‑Sarmiento 1044‑ para organizar el Centro Socialista de Estudios. La comisión directiva quedó constituida de la siguiente forma: secretario, Roberto J. Payró; bibliotecario, Leopoldo Lugones; cajero Antonino Piñeiro. Como contribución para sufragar los gastos se estableció una cuota mensual de 5 pesos.
Poco tiempo después, el centro se instaló en una salita confortable y bien amueblada, en San Martín 119. En junio se iniciaron las conferencias, cuyo sugestivo programa inicial publicó La Vanguardia:“Del método científico”, por Juan B. Justo; “De las relaciones de la biología con la sociología”, también por Justo; “Las relaciones de la psicología”, por Payró; “De la concepción económica de la historia”, por Justo; “Teoría de las religiones y de la moral”, por Emilio Roqué; “Estudio de lo escrito hasta ahora en el país sobre sociología científica”, por José A. Lebrón.
LA BIBLIOTECA OBRERA Y LA ESCUELA LIBRE PARA TRABAJADORES
El 25 de setiembre de 1897 se reunió un grupo de socialistas en México 2070 y constituyeron la Bi­blioteca Obrera. Estuvieron presen­tes Juan B. Justo, Payr6, Lugones, Carlos Malagarriga, Ingenieros y En­rique Dickmann. Designaron como responsables de la institución a Emi­lio Roqué, Mauricio Klimann y N. Chertkoff.
Instalada en una de las salas del local de la calle México, pas6 más tarde, a fin de hacer ampliaciones, al piso alto, en donde adquirió ma­yor desarrollo, mejoró su caudal bi­bliográfico y ordenó sus catálogos, gracias a la paciente labor de Fer­nando Lanzola. Cuando la bibliote­ca pas6 a funcionar en la Casa del Pueblo, a fines de los años 20, con­taba con más de 25.000 volúmenes. En 1953, al ser incendiada la Casa del Pueblo ‑que se encontraba ubi­cada en Rivadavia 2150‑ se perdió la mayor parte de su fondo biblio­gráfico y con él, una parte conside­rable de la historia del movimiento obrero argentino y latinoamericano. Reconstruida sobre la base de algu­nos libros que se salvaron de las lla­mas y donaciones de particulares, la institución se encuentra instalada actualmente en avenida La Plata 85, en Buenos Aires.
Pero no se trataba sólo de acumu­lar libros. El proyecto cultural socia­lista tenía una concepción dinámica. Por eso, a comienzos de 1897 se concreta la idea de constituir la Es­cuela Libre para Trabajadores. Fue organizada por el Centro Socialista Obrero y sus estatutos redactados por Juan B. Justo. Los dos primeros artículos del estatuto decían que la Escuela Libre para Trabajadores te­nía por objeto difundir las doctri­nas y métodos científicos elementa­les que dieran amplitud y vigor a la inteligencia y los procedimientos ar­tísticos (literatura, educación, músi­ca, etc.) más eficaces para expresar los sentimientos y las ideas y señala­ba que la enseñanza que en ella se diera debía ser gratuita y abierta pa­ra todos. En la escuela dieron clases Justo, Emilio Roqué (padre e hijo), Malagarriga, Marouillier Raven, Ma­riana y Fenia Chertkoff, Klimann, Lebrón y otros.
LA “SOCIEDAD LUZ”
A comienzos de 1899 el estudian­te de ingeniería Mauricio Klimann inició los trabajos para organizar una institución cultural destinada a la enseñanza con proyecciones lu­minosas, que por aquella época co­menzaban a estar en boga en Europa.
El doctor Juan B. Justo acogió con simpatía la idea que se concre­tó durante una reunión celebrada en el Centro Socialista de la calle México, a la que concurrieron cuatro personas: Justo, Piñeiro, Klimann y Angel M. Giménez. Este último se­ría el motor de la nueva institución. Provenía de una familia burguesa y parte de su fortuna personal la dedi­caría a las obras culturales del Parti­do Socialista y a la propia “Sociedad Luz”. Giménez era un positivista y racionalista darwiniano. De forma­ción científica, en su profesión de médico se dedicó a los grandes temas sociales. A él se debe el impulso ra­cionalista de la “Sociedad Luz” y tam­bién algunas de las que hoy parecen extravagantes actitudes del socialis­mo argentino en esta materia.
El darwinismo social ‑que predi­caba Giménez‑ era una concepción totalizadora que comprendía la ex­plicación del hombre y de la histo­ria como la lucha entre las razas, en­tre las naciones, entre las clases y entre los individuos. Para el darwi­nismo, la economía política era una aplicación a la especie humana de las leyes biológicas que regían la lu­cha por la vida en todas las socieda­des animales. Es decir, que las socie­dades humanas evolucionan dentro de leyes biológicas especiales, que son las leyes económicas.
Unido a esa concepción darwinis­ta y al positivismo, el socialismo de Angel M. Giménez concluía con una visión iluminista y abstracta de la sociedad. Por cierto que ese positivismo nada tenía que ve e socialismo de Marx y Engels. Para Giménez, la fórmula de "educar al soberano" adquiría un aspecto militante, desvinculado de la lucha so­cial concreta. En ese sentido, Juan Carlos Portantiero señala con acier­to: "Por cierto que esta notable ‑di­ría inspirada, como realización 'des­de abajo'‑ capacidad organizativa de los socialistas por penetrar en la cultura popular estaba viciada por una concepción 'pedagógica' que ha­bría de limitar su eficacia; al despre­ciar ‑a diferencia del anarquismo y del radicalismo‑ los resortes emo­cionales, maniqueos, de la comuni­cación, su mensaje no pudo ser sino finalmente elitista".
Con todo, la obra desarrollada por Giménez en el campo de la cul­tura popular fue notable. Los gran­des sectores populares ‑inmigrantes y criollos‑ fueron saturados por campañas antialcohólicas y de educación sexual, con obras de la literatura universal, científicas, políticas, por pocas monedas. Hoy, todo aquello parece extravagante, pero fue nota­ble el impacto de esa actividad des­tinada a la educación sanitaria. Los bajos índices de alcoholismo y de otras enfermedades sociales en los grandes centros urbanos de nuestro país parecerían indicar que aquella prédica rindió sus frutos.
EL ATENEO POPULAR
Otro centro cultural de alta jerar­quía científica y política fue el Ate­neo Popular, dirigido por Enrique del Valle lberlucea y en cuya secre­taría se desempeñaba Alicia Moreau.
La institución ‑en una primera etapa‑ estuvo vinculada al Partido Socialista y publicaba la Revista So­cialista Internacional. Allí se inclu­yeron, entre 1908 y 1915, impor­tantes trabajos doctrinarios, filosó­ficos, políticos y económicos sobre el pensamiento socialista. En sus primeros números, la revista se hizo eco de la polémica que habían sos­tenido el italiano Enrique Ferri y el líder del socialismo argentino, Juan B ‑ Justo. Del Valle Iberlucea y otros pensadores socialistas terciaron en la discusión ‑un debate clave para la comprensión del desarrollo econó­mico‑social argentino‑ y se fueron publicando en sucesivos números las distintas interpretaciones.
El italiano Ferri había sostenido que el socialismo argentino era un trasplante de la social democracia europea a nuestro país. Le parecía a Ferri que los socialistas habían im­portado el movimiento político des­de Europa, ya que no existían a su juicio condiciones económico‑socia­les de tipo industrial y una clase tra­bajadora que diera vida a un Partido Socialista.
Para Ferri, el socialismo sólo co­rrespondía a un estadio en la evolu­ción de las sociedades humanas y por lo tanto se producía en los paí­ses capitalistas más avanzados.
Esto era el ABC que predicaban algunos marxistas ortodoxos como Carlos Kautzky. Sin gran desarrollo capitalista, sin gran industria y una numerosa clase obrera no se podría realizar el socialismo. En nombre de la ortodoxia doctrinaria se negaba la existencia del socialismo argenti­no, que era la “planta exótica” en el Río de la Plata.
Si en nombre de un socialismo dogmatizado Ferri negaba existen­cia al socialismo en la Argentina, tanto Justo como del Valle lberlu­cea lo refutaron. Porque la demo­cracia dejaba de ser un régimen que debía durar décadas, para surgir en­tonces las consignas socialistas. Esas consignas irían a la par. El socialis­mo rioplatense advirtió el proceso y de allí su razón de ser y su justifica­ción histórica para Justo y sus segui­dores.
El Ateneo Popular liderado por Enrique del Valle lberlucea y Alicia Moreau cumplió un inteligente papel de gestor de cultura popular: confe­rencias, reuniones de divulgación debates. El núcleo fue ampliando sus colaboradores y se acercaron al­gunos intelectuales no socialistas: Joaquín V. González y Agustín Al­varez, entre otros. La revista cam­bió su nombre, denominándose Hu­manidad Nueva. Pero su espíritu fue el mismo: un socialismo abierto y creador, en donde se incluían tra­bajos de otros intelectuales progre­sistas.
LAS BIBLIOTECAS OBRERAS
La preocupación de los dirigentes y militantes socialistas por la cultu­ra popular fue permanente y cada vez que un centro socialista se constituía la biblioteca era uno de los primeros aspectos en cubrir.
Algunas alcanzaron, por el núme­ro y calidad de obras reunidas, así como por el movimiento de lectores ‑en su mayoría obreros y emplea­dos‑ especial importancia. Deben destacarse la Biblioteca Edmundo de Amicis, del Centro Socialista de la sección 4ª.; la Alberto de Diego, de la 8a., y la Mariana Chertkoff, de la 6a. En el interior, en localidades pequeñas, los socialistas tenían en ese terreno un campo grande de ac­tividad y fue así como los Centros Socialistas de Resistencia (Chaco), Santiago del Estero y el de Junín (provincia de Buenos Aires) poseían espléndidas bibliotecas con millares de volúmenes confortablemente ins­taladas en las Casas del Pueblo. To­davía existe la de Junín, actualmen­te denominada Juan Bautista Alber­di. Está ubicada en el centro de la ciudad bonaerense y reúne numero­sas obras dedicadas al pensamiento social y obrero.
Resulta de interés consignar un cuadro completo de las bibliotecas obreras del Partido Socialista, al 31 de marzo de 1932. El dato fue pu­blicado en el libro Nuestras biblio­tecas obreras de Angel M. Giménez, que su vez lo extrajo de los boleti­nes internos del Partido Socialista. Cabe consignar que esas bibliotecas reunían entre 3000 y 6000 volúme­nes cada una.
Bibliotecas
Capital Federal .................................................. 56
Provincia de Buenos Aires..................................180
Catamarca........................................................... 4
Córdoba............................................................. 26
Corrientes............................................................ 5
Entre Ríos........................................................... 10
Jujuy...................................................................   1
La Rioja ................. ............................................  4
Mendoza............................................................. 23
Salta .................................................................. 23
San Juan........................................................... . 14
San Luis............................................................    3
Santa Fe............................................................. 29
Santiago del Estero......................... ..................  7
Tucumán............................................................ 12
En los entonces Territorios Nacio­nales:
Chaco.................................................................   3
La Pampa........................................................... 14
Misiones.............................................................    1
Neuquén.............................................................    1
Santa Cruz..........................................................    1
Río Negro...........................................................    1
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Total                                                                   397
Si tenemos en cuenta que las 397 bibliotecas, en la mayoría de los ca­sos, reflejaban los centros socialistas (no se cuentan las agrupaciones co­laterales, juveniles, de mujeres, de oficios y los centros socialistas que no poseían biblioteca) se demuestra, además, que el Partido Socialista es­taba extendido a lo largo y ancho del país, y que no era un mero fenó­meno urbano y porteño, como se ha sostenido. Hay que tener en cuenta que tampoco cuento aquí los centros, bibliotecas y escuelas libres de los anarquistas y sindicalistas revolucionarios.
EL MOVIMIENTO FEMINISTA. LOS RECREOS INFANTILES
En 1931,a iniciativa de Fenia Chertkoff de Repetto y María C. de Spada se constituyó una asociación denominada Bibliotecas y Recreos Infantiles. Sus propósitos eran cla­ros y precisos y llenaron una necesi­dad social.
En sus principios liminares la ins­titución establecía la necesidad de “sustraer a los niños de los barrios populosos de la capital de la calle y sus peligros físicos y morales, ofre­ciéndoles, en cambio bajo la direc­ción de una persona competente, una ocupación inteligentemente escogi­da, por medio de libros, láminas, juguetes, juegos racionales y ejercicios físicos, cantos, paseos de estudios y labores manuales.”
La propuesta, autónoma en su acción, recibió el estímulo y el ca­lor del Partido Socialista. El primer recreo fue abierto en la Biblioteca Mariana Chertkoff de la 6a., el se­gundo en la Sociedad Luz. Coopera­ban, entre otras, Adela Chertkoff de Dickmann, Rosa B. de Mouchet, Victoria Gucovsky, Amelia Testa, Teresa Raquel Varela, Angela J. San­ta Cruz y María Cervini. Para esa época contaban con 9 recreos infan­tiles: un anexo al Centro Socialista de la Sección 19a., en Austria 2156, el de la “Sociedad Luz” (denominado “Bichitos de Luz”), y otros seis, llamados Bernardino Rivadavia, Flo­rentino Ameghino, Domingo Fausti­no Sarmiento, A. Arienti, Mariana Chertkoff y Aurora.
Luego fue creada la Biblioteca y Hogar de Vacaciones Carlos Spada (hijo) que era un recreo infantil en Justo Daract (Provincia de Buenos Aires).
Fenia Chertkoff fue una destaca­da feminista que en 1902 abrió el Centro Socialista Femenino. Desde allí batalló contra la explotación le­gal, social y sexual de la mujer, es­pecialmente de las trabajadoras. Sir­vió de base esa organización para que otras luchadoras comenzaran en nuestro medio la agitación femi­nista.
Pionera, en esa actividad, fue la doctora Alicia Moreau de Justo. Tras militar en el primer centro fe­minista, contribuyó a fundar en 1907 el Comité Pro‑sufragio Feme­nino. Con ella figuraron Elvira Raw­son de Dellepiane, Sara Justo y Ju­lieta Lanteri.
LA CULTURA ARTÍSTICA: MÚSICA, COROS Y TEATRO
En el anhelo de realizar obras prác­ticas, los socialistas trataron de des­arrollar aspectos de la cultura artís­tica, abarcando la música, los coros y el teatro. El l° de Mayo de 1896 se cantó por primera vez en Buenos Aires el “Himno de los Trabajado­res” de Felipe Turati y la canción proleta­ria “Hijo del Pueblo” de Carratalá Ramos.
Ese día, en una quinta abandona­da de la calle Arena, en los matade­ros viejos (hoy Parque de los Patri­cíos), fue celebrada la fecha obrera con un asado con cuero y a voz en cuello, con bastante desafinación, pero con mucho entusiasmo, fueron entonados los himnos proletarios, con acompañamiento musical im­provisado.
A la noche, en el Club Vorwarts, la primera banda‑orquestilla, dirigi­da por el estudiante socialista Adol­fo Fernández que tocaba el piano, los hermanos Curet y otros inicia­ron el acto con los primeros compa­ses y el coro ya fogueado, entusias­mado por el éxito de la tarde, ento­nó los himnos en medio de grandes admiraciones.
Desde esa fecha, las bandas y or­questas socialistas se hicieron pre­sentes en todas las grandes reunio­nes, especialmente al conmemorarse el Día del Trabajo. Todavía en los años cincuenta, las orquestas popu­lares socialistas acudían a esas fes­tividades. Y con esas orquestas, también los guitarristas y payadores socialistas. Algunos ya han entrado en la leyenda, como el guitarrista y payador de San Nicolás de los Arro­yos, Pedro González Porcel.
Con el paso del tiempo los coros y orquestas se fueron dando una or­ganizaci6n, como también los con­juntos teatrales. Así nació la Agru­pación Artística Socialista "Juan B. Justo", y posteriormente, el Teatro Libre “Florencio Sánchez”. Este úl­timo estuvo ubicado, hasta hace pocos años, en el viejo Centro Socialis­ta de la sección 8a., Loria 1194. Esa casona había sido el cuartel general de los huelguistas durante la Sema­na Trágica de 1919 y fue incendiada durante la última dictadura militar.
Muchos grandes artistas de los teatros nacionales iniciaron sus pri­meros pasos en los conjuntos dramá­ticos organizados por los teatros socialistas.
Después de 1917, el sector enca­bezado por José F. Penelón, Juan Ferlini y Rodolfo Ghioldi se separó del P.S. y constituyó el Partido So­cialista Internacional, que tres años más tarde se transformó en Partido Comunista. A ese sector, y a su lí­der indiscutido entre 1917 y 1926, el obrero tipógrafo José F. Penelón, se deben algunas publicaciones de importancia: el semanario La Inter­nacional y La Correspondencia Sud­americana de las cuales fue director por varios años. Paralelamente, Simón Scheimberg y Aldo Pechini editaron Documentos del Progreso, con toda la información posible procedente de la Rusia soviética.
Los comunistas se dedicaron fun­damentalmente a la propaganda po­lítica, desentendiéndose de la faena que el P.S. realizaba en torno a la cultura popular. Pero en 1921 edi­taron una revista infantil, denomi­nada Compañerito que significó una competencia para el liberal Billiken de Constancio C. Vigil. La cen­sura cayó rápidamente sobre la pu­blicación que desapareció.
Paralelamente, José Ingenieros fundó en 1915 la ya mencionada editorial "La Cul­tura Argentina", formidable esfuer­zo por poner al alcance de amplios sectores de la población los clásicos argentinos. En 1922, Antonio Zamora dio vi­da a su Editorial "Claridad." ‑duran­te medio siglo‑ y a la revista homó­nima. Con ella, la literatura nacio­nal y universal, pudo difundirse con carácter masivo a través de edicio­nes de libros a precios económicos.

Estos fueron algunos de los momentos de la cultura obrera entre 1890 y 1940. No entro a considerar la cultura peronista y la que generaron otras corrientes en el país. El abandono o la falta de actualización por parte de los partidos de izquierda de estas tradiciones culturales sumados al fenómeno de masas del peronismo, debilitó la conciencia de clase y la concepción de una nueva sociedad. Ya no se luchaba por un nuevo sistema socialista sino por las reformas sociales dentro del capitalismo, como diría con ironía Federico Engels, por un “capitalismo sin sus defectos”. Aun los sectores reformistas, en la primera mitad del siglo, mantuvieron aquella visión teleológica que pugnaba “por una nueva sociedad socialista” Los partidos de izquierda no supieron conservar aquella lucha cultural y desarrollarla en los nuevos escenarios o la rechazaron por considerarla anacrónica. Olvidaron o ignoraron las premisas de Antonio Gramsci sobre la lucha cultural. Los resultados de esa política errónea están a la vista.
Bibliografía 
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