Burocracia honesta, burocracia corrupta y mafia

El nivel de putrefacción de la burocracia sindical hace que popularmente se confunda burócrata con mafioso, lo que oculta el rol negativo de las burocracias sindicales no mafiosas.
El proceso de burocratización del activismo sindical es un proceso donde la corrupción económica es el último paso, los primeros privilegios de la burocratización son beneficios subjetivos.

Burocracia honesta, burocracia corrupta y mafia.

Para la militancia popular la palabra burocracia tiene un significado fuertemente peyorativo, que hace en esencia a aquella casta de funcionarios que se apropian de las organizaciones populares, enajenándolas de su razón de ser para convertirlas en fuentes de privilegios.
Sin embargo, según el diccionario, “burocracia” refiere a aquellas personas que cumplen dentro de una organización tareas permanentes. Cualquier organización popular, política o social, al crecer se ve obligada a crear burocracia para atender las nuevas responsabilidades que va adquiriendo.

Este desmarque entre el significado del diccionario y el significado cotidiano puede provocar reacciones antiburócraticas erróneas en dos sentidos opuestos.
  • Una visión purista, que ve con preocupación cuando miembros de la propia organización o movimiento toman tareas especializadas internas, es decir cuando se comienza a generar burocracia propia. Esta visión puede impedir a las organizaciones populares desarrollarse y ampliar sus límites.
  • En la visión opuesta, el elevado nivel de corrupción y putrefacción de las burocracias corruptas que hegemonizan el movimiento obrero esconde lo perjudicial que pueden ser otras prácticas burocráticas menores generadas, no por la corrupción, sino por concepciones ideológicas estatistas y sustituístas. Cuando burocracia y corrupción pasan a ser sinónimos, se corre el riesgo de embellecer las prácticas de la burocracia “honesta”.
En esta nota voy a hacer referencia a la burocracia según el significado militante cotidiano, es decir a la "casta de funcionarios que se apropian de las organizaciones populares, enajenándolas de su razón de ser para convertirlas en fuentes de privilegios".

Hay que diferenciar entre una organización mafiosa, una burocracia corrupta y alejada de sus bases y una burocracia sindical honesta. (Podríamos agregar como categoría a la burocracia “progre”, que a su vez puede ser honesta o corrupta). Los puntos de contacto entre una y otra son, en todo caso, fruto de la descomposición de la casta burocrática. Si bien es muy difícil encontrar a ninguna en estado puro, debemos distinguir los distintos fenómenos para poder actuar. Para complejizarlo habría que tener en cuenta que estas categorías no son compartimentos estancos, sino que la descomposición marca un proceso con una direccionalidad clara: desde honesta hacia mafiosa.

El semillero de la burocracia

Las burocracias en todas sus formas se nutren de la militancia popular, de izquierda e incluso de la militancia antiburócratica. Si bien es cierto que las peores y más descompuestas burocracias reclutan nuevos miembros entre elementos desclasados y lumpenizados, (por ejemplo el Moyanismo apadrinando boxeadores), para nutrirse de cuadros sindicales con formación política es necesario recurrir a otros semilleros.

La convicción revolucionaria como antídoto contra la propia burocratización tiene el riesgo de contraponer una solución ideológica y moral a un problema que tiene lógicas complejas y presiones reales y concretas.
Gramsci definía a los sindicatos como organizaciones conservadoras porque buscan mejorar las condiciones de vida de los trabajadores pero manteniendo el status quo.[1] La militancia sindical, y sobre todo la dirigencia sindical, tiene presiones del día a día que otras no tienen. No solo el sentido común como contrapeso, sino el hecho de que, también en lo sindical, la construcción de poder incluye alianzas con sectores burocráticos.

Hacia la militancia popular el mecanismo de reclutamiento más importante no es la corrupción, sino ideológico. Este reclutamiento tiene dos pilares:
  • El medio (la organización) se convierte en un fin en si mismo. La organización se convierte en un fin en si mismo cuando se cede a las presiones corporativas y a los objetivos inmediatos de la organización sindical. La construcción de poder popular (poder de los trabajadores en el lugar de trabajo) y los objetivos históricos populares son también la razón de ser de una organización popular y/o sindical.
  • La falta de confianza en el pueblo trabajador como sujeto histórico.
    El endiosamiento de la clase o el pueblo como fuente constante e inagotable de energía revolucionaria, democrática y antiburócratica tiene como contracara la desilusión y la desconfianza en el sujeto histórico, lo que lleva al sustituísmo.
    La confianza en la energía creativa de las masas y la autoorganización popular incluye la convicción de que, cuando la clase no lucha, el sindicato no lucha.
    Cuando se pasa de la fe ciega al escepticismo y se pierde la confianza en la capacidad revolucionaria del pueblo, entonces a los revolucionarios nos queda hacer la revolución contra el deseo del pueblo, hacer la revolución no solo sin el pueblo, sino a pesar del pueblo. Sin pueblo, sin clase obrera, la tarea revolucionaria se hace en soledad y solo queda tejer alianzas con lo potable, con el mal menor, con lo no tan malo: el “progresismo” y/o recurrir al estado como sujeto histórico.

Los beneficios tempranos de la burocratización

Asimilar burocracia y corrupción facilita la tarea de reclutamiento de la burocracia, porque entonces no hay de parte de las corrientes antiburócraticas una correcta caracterización del proceso de burocratización del activismo sindical.
Los beneficios económicos del burócrata llegan años después de las prácticas burocráticas, cuando el nivel de descomposición lo permite. Los primeros beneficios son subjetivos. [2] Estos son:
  • No tener un trabajo alienante: Un burócrata puede trabajar incluso más horas que un trabajador, pero su trabajo es enriquecedor social e intelectualmente.
  • La satisfacción de saber que su trabajo no redunda en ganancia para el patrón, sino en beneficios para sus compañeros a costa del patrón. Salvo algunas nobles profesiones ligadas a la educación y la salud, la gran mayoría de los trabajadores sufren la contradicción (mas o menos consiente) de que hacer bien su trabajo es fortalecer a su enemigo de clase.
  • El prestigio de parte de sus iguales, el hecho de ser reconocido y respetado por sus compañeros.
Imaginemos entonces a un dirigente sindical burocratizando una asamblea para defender “su” privilegio de trabajar para que sus dirigidos mejoren sus condiciones de vida. Independientemente de lo inmediato, en lo que hace a la construcción de poder popular está jugando un rol negativo para la clase trabajadora.

El problema es que estos privilegios subjetivos son irrenunciables para la militancia popular. Es decir:
  • Es necesario que compañeros tomen tareas sindicales, lo que implica dejar un trabajo alienante, y si se progresa será necesario ser sindicalista de tiempo completo.
  • Es necesario que compañeros creen referencia entre sus pares, y lo harán a través del prestigio que logren construir.
Estos puntos de contacto más la subestimación del rol negativo que juega la burocracia honesta facilitan el proceso de burocratización del activismo sindical.
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[1] Gramsci planteaba la existencia de tres tipos de organizaciones obreras; el partido (que agrupa solo a los obreros consientes en una organización revolucionaria), el sindicato (que agrupa a todos los obreros en una organización conservadora) y el consejo obrero (que agrupaba a todos los obreros en una organización revolucionaria y que solo puede existir en momentos revolucionarios)
[2] En la película “los traidores”, Raymundo Gleyzer muestra como un militante popular va convirtiéndose en burócrata sin darse cuenta. Me resulto muy interesante una escena donde, a la hora de rearmar un sindicato participacionista, la única opción viable para la patronal era el protagonista porque era “honesto”. En la película era imposible que los trabajadores aceptaran otro candidato, solo escudándose en la honestidad y el prestigio del protagonista podían re-oxigenar las prácticas burocráticas.

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